He vuelto.

Para quienes pensabais que ya me había cansado o que había roto mi promesa de publicar cada dos domingos, no os libráis tan fácilmente.

La semana pasada no pude publicar. He pasado algunos días en el hospital. De hecho, ha sido la primera vez en 25 años que he tenido que dormir en uno.

Y, aunque no ha sido precisamente una experiencia que quisiera repetir, me ha recordado algo que a menudo olvidamos: damos la salud por sentada hasta que nos falta. Es una de esas grandes paradojas de la vida. Solo cuando algo se tambalea nos damos cuenta de lo importante que era.

Por eso he decidido publicar esta semana, aunque no me tocara. Y también por eso quiero dedicar esta entrada a hablar sobre la salud.

Porque la salud también es sostenibilidad.

¿Cómo podemos cuidar del planeta si no cuidamos de nosotros mismos? ¿Cómo podemos construir entornos, empresas o comunidades sostenibles si descuidamos nuestro propio bienestar?

Podría dedicar este artículo a otros temas de actualidad como la visita del Papa a España o el fenómeno Bad Bunny, de los que probablemente hablaré más adelante, pero hoy me apetece detenerme en algo más básico y, precisamente por ello, más importante.

Estoy leyendo el libro Medicina de la felicidad, de la doctora Paloma Fuentes, y una de las ideas que más me está haciendo reflexionar es que cuidar de nosotros mismos no es un lujo ni un acto egoísta. Es el punto de partida para poder cuidar de cualquier otra cosa.

Y quizá esa sea una de las formas más olvidadas de sostenibilidad.

Este concepto no es nuevo para mí.

Ya tuvimos la oportunidad de hablar sobre ello durante la final del I Reto de Sostenibilidad que celebramos el pasado diciembre en la Universidad Europea. Allí conocí a la doctora Paloma Fuentes, considerada la primera Directora de Felicidad en España, quien nos introdujo a una idea que me acompañó mucho después de aquella jornada: la necesidad de cuidar de nosotros mismos para poder cuidar de todo lo demás.

Aquella charla despertó mi curiosidad. Quise profundizar más en el tema y entender mejor la relación entre bienestar, salud y sostenibilidad. Sin embargo, reconozco que ha sido mi propia experiencia durante los últimos meses la que me ha llevado a reflexionar de forma más consciente sobre ello.

Porque cuando la salud se tambalea, cambian muchas cosas. Cambian las prioridades, cambia la manera de organizar el tiempo y, sobre todo, cambia la forma en la que percibimos aquello que realmente importa.

Pero esta reflexión no tiene que ver únicamente con el bienestar y la sostenibilidad. También está profundamente relacionada con la comunicación.

Vivimos en una época en la que gran parte de nuestras relaciones, conversaciones e incluso de nuestra percepción personal pasan por una pantalla. Las redes sociales han transformado la forma en la que nos comunicamos con los demás, pero también la forma en la que nos vemos a nosotros mismos.

Y eso, inevitablemente, tiene un impacto en nuestra salud.

Durante años, las redes sociales han sido criticadas por mostrar versiones idealizadas de la realidad. Sin embargo, en los últimos tiempos también estamos viendo un movimiento muy interesante en la dirección contraria. Cada vez más creadores de contenido comparten aquello que normalmente no se ve: la foto que no publicaron, el momento difícil detrás de una sonrisa, las inseguridades, los errores o las reflexiones que nacen de experiencias personales.

Desde perfiles especializados en bienestar, mindfulness o deporte hasta creadores de lifestyle, sostenibilidad o divulgación, muchas voces están contribuyendo a construir espacios más humanos y honestos.

Y eso me parece tremendamente valioso.

Quizá porque, además de dedicarme profesionalmente al marketing digital, también soy consumidora habitual de redes sociales. Me gusta este mundo, me interesa entender cómo evoluciona y disfruto observando las nuevas formas de comunicación que surgen constantemente.

Precisamente por eso creo que humanizar las redes sociales es más importante que nunca. No se trata de mostrar una vida perfecta, sino una vida real. No se trata de dejar de inspirar, sino de hacerlo desde la autenticidad.

Porque la comunicación tiene un enorme poder. Puede generar presión, comparación y frustración, pero también puede generar comprensión, empatía y bienestar.

Y cuando utilizamos ese poder para cuidar a las personas, la comunicación también se convierte en una herramienta de sostenibilidad.

Quizá no podamos controlar todo lo que ocurre a nuestro alrededor, pero sí cómo nos cuidamos a nosotros mismos y cómo nos relacionamos con los demás.

Y, al final, eso también forma parte de construir un mundo más sostenible.

Nos leemos pronto.